Patria, de Fernando Aramburu

Tarde de enero, sentado en el asiento del copiloto de un Renault Laguna beige, aún recuerdo a mi padre lanzar un “¡Qué hijosdeputa!”. No mostraba reparo alguno por el taco, aun compartiendo vehículo conmigo, su hijo de 9 años, al que llevaba al conservatorio otra tarde más. Radio de fondo. Caían otros dos. Sevilla, concejal y esposa. Silencio para escuchar la noticia. Después, como pudo ante mis continuas preguntas, mi padre me habló aquella tarde de ETA y del follón que tenían armado, desde la lejanía de Andalucía oriental. Primeros recuerdos que guardo, desconcierto e incomprensión.

Veinte años después he leído Patria, de Aramburu, tras ver cómo cosechaba premio tras premio y conciliaba opiniones de crítica y público (no todas, claro está). Tras acabarlo, puedo decir que me parece una obra de lectura muy necesaria para todo el mundo. Por accesible y por los distintos mensajes anti-nacionalistas que transmite a una sociedad que en su deriva a veces parece pedir patria.

Durante esos veinte años que transcurren entre aquella conversación paternofilial y hoy, puedo afirmar que, aunque suene mal, la historia del pueblo vasco y la banda terrorista siempre me han seducido. El “conflicto” siempre ha captado de una forma o de otra mi interés, como si de un thriller se tratase. Ojo, sin frivolizar, que era plenamente consciente de que no había ficción alguna, pero cuando desgraciadamente actuaban tenía deseo de conocer, necesitaba saber por qué la banda hacía lo que hacía, saciar mi curiosidad, por qué mataban, por qué en nombre de su tierra. Mi padre, ventajas de la edad, lo tenía bastante más claro: “Hijo, ya solo lo hacen por dinero. Son una mafia”.

Hoy, tras leer la novela, me siento un poco sucio por esa seducción de la que hablaba. Conocía solo los fríos datos, los pobres nombres, las tristes caras de las víctimas. Pero Patria, desde una ficción que huele a verdad, se esfuerza en dar calor y color a través de cuarenta años de historia de dos familias vascas. Cuarenta años de miedos y de cerrazón, de oportunidades y de pérdidas, y también, pese a lo manido, de vencedores y vencidos. Vencedores a remate, que una vez perdieron lo que más querían, y que anhelan y esperan su fin vital para reencontrarse con quienes los vencidos les arrebataron. Y sí, vencidos, derrotados, que con el paso del tiempo descubrieron (unos antes, otros después) que un buen día, su vida les fue arrebatada por pertenecer a ETA, de un modo o de otro. Vencedores que hubieran preferido perder, vencidos que se quedaron con las ganas de ganar.

Aramburu ha escrito una novela profundamente anti-patriótica, decididamente anti-nacionalista, y quizás por ello me ha gustado y me ha calado tan hondo. Aún más en los tiempos que corren, donde falsos nacionalismos, fascismos cutres enfundados en la bandera del dólar, penetran y calan en las mentes de los más débiles bajo la promesa de un mundo mejor, más nuestro, más patrio. Y claro, amante del buen cine como soy, siempre que el nacionalismo sale a colación me acuerdo de Aristarain y de su obra maestra Martín (Hache). En ella, Martín, adulto y afincado en España, contesta a su hijo cuando este le pregunta si extraña la Argentina:

“Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso, es un verso. No se extraña un país, se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país, es un tarado mental. ¡La patria es un invento! ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Estadísticas, números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente, tu país son tus amigos, y eso sí se extraña, pero se pasa.”  

La patria es un invento, y tanto que lo es. Así que eso, que si tenéis un rato largo (más de 600 páginas), le deis una oportunidad a este invento de Aramburu. A los más de cien capítulos a modo de pequeñas historias que componen la historia de tierra y perdón de Patria. Hoy, este niño de 29 años se siente un poco más conocedor, más saciado y también un poco menos seducido.

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